Desde que era pequeño, con una edad de seis o siete años, me empezó
a interesar la lectura. Por un lado era algo normal, pues había aprendido a
leer hacía poco. Empecé por simples cuentos infantiles, como Ingo y Drago,
mi primer libro. Puedo decir que trata de un niño (Ingo) que encuentra
un bebé Dragón. Pone todo su empeño en cuidarle. Poco a poco, el tamaño
de Drago (el dragón) empieza a resultar un tanto fastidioso, pues, como todo ser
vivo, crecía. Al poco tiempo, deciden que es bastante adulto para continuar solo
su vida cuando crecen unas amplias alas en los costados. Pero eso no
significa que estos dos personajes se despidan para siempre. Drago
vuelve de vez en cuando para recordar la casita en la que se crió y,
más aún, a quien le crió.
Años después, empezó a gustarme algo. Algo muy relacionado con la
lectura. Para mí, era inventar lo que leía o algo por el estilo.
Escribí un cuento que, a pesar de ser demasiado corto, no parecía un
mal comienzo. Mis padres y mi profesora de tercer curso de primaria me
felicitaron. El protagonista se llama Berny, un oso pardo. La historia
sucede en el bosque.
Seguí leyendo, y a la vez escribiendo relatos cortos en las clases
de lenguaje del colegio. No eran gran cosa, pero me hacía ilusión
imaginar cuántas historias diferentes podían aparecer de una sola
cabeza, y seguir inventando cuentos. Después se convertirían en relatos
de un nivel más juvenil, aunque no llegarían a ser, como acabo de
decir, gran cosa.
El siguiente relato de importancia dentro de mis principios de escritura fue, a los nueve años, "El sueño". Aquí se encuentra la historia que me hizo creer que podía conseguir uno de mis mayores sueños, ser escritor:
EL SUEÑO
Fue como una caída del cielo. Unos
sucesos inexplicables al principio, y emocionantes hasta el final. Algo
que siempre recordaré, hasta el final de mis días.
Daniel se encontraba por algún
extraño motivo, en medio de la selva, admirando las desconocidas
plantas y árboles, pero un ruido amenazador le despertó de su
maravilla. Volvió el rostro y encontró un grupo de tigres de unos siete
individuos a punto de atacarle. No tenía ninguna esperanza.
De pronto, un buitre se acercó
volando a gran velocidad. Las alas destacaban en aquel animal, pues era
de una envergadura de más de tres metros.
Se fijó en que uno de lo tigres
daba un paso adelante, y otro. Otro más. Cada vez se acercaba más.
Había tan sólo medio metro de distancia entre ellos, cuando empezó a
olisquearle. Otro de los tigres, que se encontraban a unos diez metros,
corrió hacia él, rugiendo. Saltó sobre él, pero un instante antes de
llegar hasta su presa, el buitre se lo llevó volando, agarrándole por
la mochila que llevaba colgada a la espalda. El tigre le había dejado
unos rasguños con una de sus garras en la pierna derecha. No era nada.
Entonces lo pensó mejor. ¿Por qué el
buitre le había atrapado, si era carroñero? Muy fácil, los buitres
también atacan, pero cuando están más que hambrientos. Forcejeó y
forcejeó. El buitre estaba sufriendo dificultades para no soltar a su
presa, pero le resultó imposible. Se le escurrió de entre las garras y
cayó. Daniel tuvo suerte. El buitre no había ascendido demasiado.
Aterrizó sobre un numeroso grupo de plataneras, lo que amortiguó la
caída. Se dio cuenta de en aquella platanera había una cría de
chimpancé. Estaba en el suelo gritando a su manera, la manera de los
simios, en este caso de uno pequeño. Tenía la rodilla ensangrentada. No
se le ocurrió otra que usar el botiquín que llevaba en la mochila.
Después de curarle la herida y desinfectársela, le cubrió parte de la
pequeña pierna con unas vendas.
Daniel se removía en la cama. Al
final se despertó. Se quedó unos minutos pensando en el sueño por el
que había pasado aquel niño de nueve años. Se quedó fascinado.
Éste no fue mi último relato, ni en sueños. Sólo fue uno entre los primeros relatos cortos que he escrito. Si es posible considerar que tiene una trama demasiado infantil, es algo normal. Éste cuento es del año 2008, cuando no tenía más de nueve años, como he comentado antes.
A esa edad no volví a escribir apenas. Tan sólo redacciones para clase. Cabe mencionar que había veces que a mis profesores les agradaba leer mis textos, según ellos decían.
Aún así, imaginaba escenas para escribir, hechos, actos... Las ideas nunca se acababan. Podía seguir así tanto tiempo como se me antojase. Nunca terminaría relatando. No tenía por qué hacerlo.Cada vez me entusiasmaba más la escritura. En la asignatura de lenguaje, los profesores de 4º, 5º y 6º de primaria siempre me calificaron con un sobresaliente a finales de trimestre. Por cada relato mejoraba un poco más. Lentamente, poco a poco, se me abría más el camino que buscaba. Un camino muy sencillo, para el que debía esforzarme; como en cualquier otro, solo que éste no es solo una asignatura ni nada por el estilo. Era algo que hacía por gusto, una manera de pasar el tiempo. Era inventar historias, hechos imaginarios... Y parte de ese tiempo lo utilicé para escribir "El misterio del libro":
Julia se encontraba en una despoblada calle de camino a casa de Daniel. En un principio, era algo normal el hecho de que se dirigiese a aquella casa. Prácticamente, se han criado juntos. Desde pequeños habían ido a la misma clase del colegio. Ambos habían visitado la casa del otro cientos de veces. Recordaba lo bien que lo había pasado siempre con él. Podía considerarlo su mejor amigo.
Al pasar una esquina, pudo ver entonces la casa de Daniel.