La literatura

     ¿No se han han preguntado alguna vez “qué es la literatura”?  Sin duda alguna, la mayoría de ustedes habrán creído que es leer y escribir, pero no es así. Aunque no sea una respuesta equivocada, es una respuesta mal figurada. La literatura ni en sueños sería “leer y escribir”. Realmente, a través de un sentido literal, leer y escribir son la manera que usa la literatura para llegar hasta nosotros. A través de la lectura, somos capaces de relacionar líneas y rayas con una entera realidad, cosa que tú estás haciendo en estos mismos momentos. A través de la escritura, el autor hace desarrollar cada vez un poco más el cerebro de quien lee su escritura, para que realice la función que acabo de nombrarles unas líneas atrás; es lo que yo estoy haciendo.
       
     Otra manera de reconocer a la literatura es, simplemente, decir que se divide en lectura y escritura. Pero, aún así, creo que éso no es una explicación, es una manera de relacionar dos términos a través de otro. Las dos son formas válidas de definir la literatura, pero la segunda me parece insuficiente.

La lectura

     La lectura es la única manera que tiene la literatura de transmitirse de un libro, diario, carta, nota, etc. a un ser humano. Como he dicho anteriormente, nosotros relacionamos unos símbolos, simples líneas rectas o torcidas, con todo ser vivo o inanimado que podamos presenciar; con cualquier forma, color, suavidad o rugosidad, y muchos adjetivos más que podamos necesitar para describir dicho ser vivo o inanimado, hecho o incluso emoción o sentimiento.
Cuando cualquiera de ustedes leen un libro, practican literatura, la introducen en vuestra vida. Es algo que por naturaleza el cerebro es capaz de realizar, hace que al ser humano le parezca lo mismo sin notar diferencia alguna leer la palabra “árbol” en un libro y ver un árbol real en su jardín. También es algo que todos aprendemos a lo largo de nuestra infancia, algo que se llama leer y, poco a poco, crear cierta igualdad entre la lectura y la realidad. Pues, si creen lo contrario a que no existe diferencia alguna entre éstos dos conceptos, descríbanme un cuerpo o sentimiento, cuyo sustantivo que lo nombre no exista, y retiraré lo dicho. Distinto es que no sepamos explicarnos en cierto momento. Sin embargo, la literatura ha creado símbolos característicos para cada cuerpo existente, pues tenemos la necesidad de nombrarlos de alguna manera, y una de ellas es a través de la lectura.
     Terceras personas mencionarán los colores. Dirán que son imposible de reconocer en un libro en caso de que no sea nombrado. Yo les contestaré: el escritor deja a antojo de la imaginación del lector características para que ésta las identifique. Ahora, yo pregunto, ¿son necesarias esas características?

La escritura

     La escritura no es otra cosa que una forma de expresar los sentimientos de una persona. Estos sentimientos se expresan en letras y palabras, con el único fin de que el lector comprenda dichos sentimientos. La escritura ha evolucionado mucho a lo largo de la historia, desde los jeroglíficos del antiguo Egipto y los códigos del imperio Maya, seguidos por la escritura fenicia, griega y romana, que es llamada ”latín”, hasta el galo y su modernización francesa, el inglés y el castellano. Entre ellos, el más relacionado con la realidad fue el Egipcio, pues para los egipcios no existían símbolos cuyos significados fuesen cuerpos reales, sino que, en parte, dibujaban la realidad a través de jeroglíficos.
     Pero todo esto no tiene nada que ver con la escritura moderna. La escritura moderna es, para mí, uno de los oficios más  y satisfactorios que conozco. En realidad, ¿qué hecho es más bonito – para el que le guste la literatura – que inventar una historia según tus sentimientos indican, para compartirla con cada persona que la lea? Ésta es la verdadera relación entre la escritura y la lectura, una relación que se llama literatura. En realidad, sí hay un hecho más bonito que el anterior: encontrarme en la terraza de una humilde morada, escuchando las vocecitas de mis nietos jugando,  mientras que yo, con la cabeza gacha, leo el libro más bonito de mi vida, el que un día escribí a mis veinte años. No por ser un buen libro, sino porque mis sentimientos hacen que lo sea.

Mis relatos

     Desde que era pequeño, con una edad de seis o siete años, me empezó a interesar la lectura. Por un lado era algo normal, pues había aprendido a leer hacía poco. Empecé por simples cuentos infantiles, como Ingo y Drago, mi primer libro. Puedo decir que trata de un niño (Ingo) que encuentra un bebé Dragón. Pone todo su empeño en cuidarle. Poco a poco, el tamaño de Drago (el dragón) empieza a resultar un tanto fastidioso, pues, como todo ser vivo, crecía. Al poco tiempo, deciden que es bastante adulto para continuar solo su vida cuando crecen unas amplias alas en los costados. Pero eso no significa que estos dos personajes se despidan para siempre. Drago vuelve de vez en cuando para recordar la casita en la que se crió y, más aún, a quien le crió.

     Años después, empezó a gustarme algo. Algo muy relacionado con la lectura. Para mí, era inventar lo que leía o algo por el estilo. Escribí un cuento que, a pesar de ser demasiado corto, no parecía un mal comienzo. Mis padres y mi profesora de tercer curso de primaria me felicitaron. El protagonista se llama Berny, un oso pardo. La historia sucede en el bosque.
     
     Seguí leyendo, y a la vez escribiendo relatos cortos en las clases de lenguaje del colegio. No eran gran cosa, pero me hacía ilusión imaginar cuántas historias diferentes podían aparecer de una sola cabeza, y seguir inventando cuentos. Después se convertirían en relatos de un nivel más juvenil, aunque no llegarían a ser, como acabo de decir, gran cosa.

    
El siguiente relato de importancia dentro de mis principios de escritura fue, a los nueve años, "El sueño". Aquí se encuentra la historia que me hizo creer que podía conseguir uno de mis mayores sueños, ser escritor:


EL SUEÑO
       
     Fue como una caída del cielo. Unos sucesos inexplicables al principio, y emocionantes hasta el final. Algo que siempre recordaré, hasta el final de mis días.
       Daniel se encontraba por algún extraño motivo, en medio de la selva, admirando las desconocidas plantas y árboles, pero un ruido amenazador le despertó de su maravilla. Volvió el rostro y encontró un grupo de tigres de unos siete individuos a punto de atacarle. No tenía ninguna esperanza.
       De pronto, un buitre se acercó volando a gran velocidad. Las alas destacaban en aquel animal, pues era de una envergadura de más de tres metros.
       Se fijó en que uno de lo tigres daba un paso adelante, y otro. Otro más. Cada vez se acercaba más. Había tan sólo medio metro de distancia entre ellos, cuando empezó a olisquearle. Otro de los tigres, que se encontraban a unos diez metros, corrió hacia él, rugiendo. Saltó sobre él, pero un instante antes de llegar hasta su presa, el buitre se lo llevó volando, agarrándole por la mochila que llevaba colgada a la espalda.  El tigre le había dejado unos rasguños con una de sus garras en la pierna derecha. No era nada. 

     Entonces lo pensó mejor. ¿Por qué el buitre le había atrapado, si era carroñero? Muy fácil, los buitres también atacan, pero cuando están más que hambrientos. Forcejeó y forcejeó. El buitre estaba sufriendo dificultades para no soltar a su presa, pero le resultó imposible. Se le escurrió de entre las garras y cayó. Daniel tuvo suerte. El buitre no había ascendido demasiado. Aterrizó sobre un numeroso grupo de plataneras, lo que amortiguó la caída. Se dio cuenta de en aquella platanera había una cría de chimpancé. Estaba en el suelo gritando a su manera, la manera de los simios, en este caso de uno pequeño. Tenía la rodilla ensangrentada. No se le ocurrió otra que usar el botiquín que llevaba en la mochila. Después de curarle la herida y desinfectársela, le cubrió parte de la pequeña pierna con unas vendas.
       Daniel se removía en la cama. Al final se despertó. Se quedó unos minutos pensando en el sueño por el que había pasado aquel niño de nueve años. Se quedó fascinado.


     Éste no fue mi último relato, ni en sueños. Sólo fue uno entre los primeros relatos cortos que he escrito. Si es posible considerar que tiene una trama demasiado infantil, es algo normal. Éste cuento es del año 2008, cuando no tenía más de nueve años, como he comentado antes. 
     A esa edad no volví a escribir apenas. Tan sólo redacciones para clase. Cabe mencionar que había veces que a mis profesores les agradaba leer mis textos, según ellos decían.
     Aún así, imaginaba escenas para escribir, hechos, actos... Las ideas nunca se acababan. Podía seguir así tanto tiempo como se me antojase. Nunca terminaría relatando. No tenía por qué hacerlo.Cada vez me entusiasmaba más la escritura. En la asignatura de lenguaje, los profesores de 4º, 5º y 6º  de primaria siempre me calificaron con un sobresaliente a finales de trimestre. Por cada relato mejoraba un poco más. Lentamente, poco a poco, se me abría más el camino que buscaba. Un camino muy sencillo, para el que debía esforzarme; como en cualquier otro, solo que éste no es solo una asignatura ni nada por el estilo. Era algo que hacía por gusto, una manera de pasar el tiempo. Era inventar historias, hechos imaginarios... Y parte de ese tiempo lo utilicé para escribir "El misterio del libro":

      Julia se encontraba en una despoblada calle de camino a casa de Daniel. En un principio, era algo normal el hecho de que se dirigiese a aquella casa. Prácticamente, se han criado juntos. Desde pequeños habían ido a la misma clase del colegio. Ambos habían visitado la casa del otro cientos de veces. Recordaba lo bien que lo había pasado siempre con él. Podía considerarlo su mejor amigo.
     Al pasar una esquina, pudo ver entonces la casa de Daniel.